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GEOMETRÍA Y COLOR

Si la arquitectura pudiera hablar, las obras de Ricardo Legorreta gritarían con orgullo su identidad mexicana. Este reconocido arquitecto llevó la tradición moderna hacia un territorio de expresividad visual, simbolismo y arraigo cultural, convirtiéndose en una de las figuras más influyentes del siglo XX en América Latina. Heredero de la estética brutalista de Luis Barragán pero con una voz completamente propia, Legorreta supo mezclar los principios del modernismo internacional con elementos profundamente enraizados en la historia y el paisaje de México.

A lo largo de su carrera, Ricardo Legorreta logró posicionar su trabajo en el centro del discurso arquitectónico global, sin abandonar nunca los valores que definían su tierra. Sus edificios —reconocibles por su uso de formas geométricas simples, muros monumentales, juegos de luz y sombra, y una paleta vibrante de colores— han transformado ciudades y paisajes tanto dentro como fuera de México. Desde espacios culturales hasta hoteles y universidades, cada uno de sus proyectos es un homenaje a la claridad formal y a la emocionalidad de los espacios.

Raíces profundas

Nacido en Ciudad de México en 1931, Ricardo Legorreta estudió arquitectura en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde se graduó en 1953. Durante sus años de formación trabajó con José Villagrán García, uno de los grandes exponentes del funcionalismo mexicano, y fue en esta etapa que Legorreta comenzó a gestar su visión arquitectónica, marcada por la búsqueda de identidad nacional en un mundo cada vez más globalizado. Su práctica profesional se consolidó al fundar su propia firma, Legorreta Arquitectos, en 1965.

El encuentro determinante de su carrera fue con Luis Barragán, con quien compartió una sensibilidad por el silencio arquitectónico, el uso introspectivo del espacio y una preferencia por las emociones antes que por las modas. Sin embargo, mientras Barragán se inclinaba hacia lo poético y lo íntimo, Legorreta desarrolló un enfoque monumental, casi escultural, que buscaba impactar no solo con la luz, sino también con la fuerza de los volúmenes y el color.

Durante sus primeros años como arquitecto independiente, Legorreta comenzó a recibir encargos de gran escala que le permitieron aplicar su visión modernista sin sacrificar el carácter local. Su habilidad para combinar funcionalidad y sensibilidad estética lo convirtió rápidamente en una figura solicitada tanto en el ámbito público como privado, dentro y fuera de México.

Narrando identidad

Ricardo Legorreta dejó una huella indeleble en la arquitectura contemporánea a través de una serie de obras emblemáticas que se han convertido en referentes del diseño latinoamericano. Entre las más destacadas se encuentra el Hotel Camino Real en Ciudad de México (1968), considerado uno de los iconos del modernismo mexicano. Este edificio —colaboración con el artista Mathias Goeritz— sintetiza el carácter lúdico y monumental del estilo Legorreta: muros gruesos, colores intensos, patios interiores y una relación íntima entre arte y arquitectura.

Otra obra clave en su trayectoria es el Centro Nacional de las Artes (CENART), también en la capital mexicana, donde la arquitectura se convierte en una experiencia que fluye entre el espacio público y el entorno natural. El conjunto equilibra monumentalidad y accesibilidad, proponiendo un diseño que no solo es funcional, sino también inspirador para los artistas y estudiantes que lo habitan. El tratamiento del agua, la luz y los recorridos, convierten al CENART en una obra maestra de integración urbana.

Internacionalmente, su fama creció con proyectos como el Centro de Ciencias de California (California Science Center) en Los Ángeles y el Centro de Convenciones de San Antonio, en Texas. Ambos proyectos mantienen el ADN de su estilo: arquitectura que respira su entorno, se conecta con la comunidad y celebra la cultura sin perder el carácter universal del diseño contemporáneo.

Luz y espiritualidad

Más allá de la forma, uno de los elementos que definen la arquitectura de Ricardo Legorreta es el uso intencional del color. Rojos encendidos, amarillos vibrantes y azules intensos no son meros recursos estéticos, sino declaraciones de identidad y emoción. Para Legorreta, el color no era un adorno, sino una herramienta para dotar a los espacios de calidez, alegría y sentido de pertenencia. En sus palabras: “El color puede dar vida a la arquitectura, puede dar dignidad”.

Otro rasgo esencial de su estilo es la manera en que trabajaba la luz. Inspirado por los claustros coloniales y las iglesias barrocas, entendía que la luz tenía una cualidad casi espiritual. Así, diseñaba espacios donde el sol entra de manera controlada, dramática, muchas veces como protagonista absoluto del lugar. Esta atención a la atmósfera convierte sus obras en refugios sensoriales.

Además, muchos de sus proyectos integran patios, fuentes, pasajes sombreados y muros introspectivos, elementos heredados de la tradición mediterránea y prehispánica. Esta fusión entre lo moderno y lo ancestral es una de las razones por las que su trabajo ha resistido las modas y se ha mantenido vigente con el paso del tiempo.

La obra de Ricardo Legorreta no solo marcó un estilo reconocible, sino que también dejó una enseñanza sobre cómo construir con identidad, emoción y compromiso. Su arquitectura demuestra que la modernidad no tiene por qué ser impersonal ni repetitiva, y que es posible proyectar espacios universales sin perder las raíces locales. Su trabajo ha inspirado a generaciones de arquitectos en México y más allá, consolidando una herencia que aún palpita en el concreto, la luz y el color de sus edificios.

En una época en la que las ciudades luchan por encontrar sentido humano entre la vorágine del desarrollo urbano, las obras de Legorreta se erigen como ejemplos de arquitectura que no solo construye espacios, sino también comunidad, pertenencia y belleza. Desde los hoteles hasta los centros culturales, su voz sigue resonando fuerte en cada muro magenta y cada sombra cuidadosamente proyectada.